¿Qué fue la Revolución Rusa?

Presentamos a continuación la conferencia proferida por León Trotsky en 1932 - ¿Que fue la Revolución Rusa? - en homenaje al 94º aniversario de la Revolución Rusa, ocurrida en 7 de noviembre de 1917 en el calendario occidental. Este texto fue publicado en la revista de la LIT-CI Marxismo Vivo n° 16.
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Conferencia pronunciada por León Trotsky el 27 de noviembre de 1932, en Copenhague, Dinamarca.

“Para empezar, fijemos algunos principios sociológicos elementales que son sin duda familiares a todos ustedes; pero que debemos tener presentes al ponernos en contacto con un fenómeno tan complejo como la Revolución.

La sociedad humana es el resultado histórico de la lucha por la existencia y de la seguridad en el mantenimiento de las generaciones. El carácter de la sociedad es determinado por el carácter de su economía; el carácter de su economía es determinado por el de sus medios de producción.

A cada gran época en el desarrollo de las fuerzas productivas corresponde un régimen social definido. Hasta ahora cada régimen social ha asegurado enormes ventajas a la clase dominante.

De lo dicho resulta evidente que los regímenes sociales no son eternos. Nacen históricamente y se convierten en obstáculos al progreso ulterior. “Todo lo que nace es digno de perecer”. Pero nunca una clase dominante ha abdicado voluntaria y pacíficamente su poder. En las cuestiones de vida y muerte los argumentos fundados en la razón nunca han reemplazado a los argumentos de la fuerza. Esto es triste decirlo; pero es así. No hemos sido nosotros los que hemos hecho este mundo. Sólo podemos tomarlo tal cual es.

La revolución significa un cambio del régimen social. Ella trasmite el poder de las manos de una clase que está ya agotada a las manos de otra clase en ascenso. La insurrección constituye el momento más crítico y más agudo en la lucha de dos clases por el poder. La sublevación no puede conducir a la victoria real de la revolución y a la erección de un nuevo régimen más que en el caso de que se apoye sobre una clase progresiva que sea capaz de agrupar en torno suyo a la inmensa mayoría del pueblo. A diferencia de los procesos de la naturaleza, la revolución se realiza por intermedio de los hombres. Pero en la revolución también los hombres obran bajo la influencia de condiciones sociales que no son libremente elegidas por ellos, sino que son heredadas del pasado y que les señalan imperiosamente el camino. Precisamente por tal causa, y sólo por ella, es por lo que la revolución tiene sus propias leyes. Pero la conciencia humana no se limita a reflejar pasivamente las condiciones objetivas, sino que tiene la virtud de reaccionar activamente sobre las mismas. En ciertos momentos esta reacción adquiere un carácter de masa tenso, apasionado. Entonces se derrumban las barreras del Derecho y del poder. Precisamente la intervención activa de las masas en los acontecimientos constituye el elemento más indispensable de la revolución. Y, sin embargo, aun la actividad más fogosa puede quedar simplemente reducida al nivel de una demostración, de una rebelión, sin elevarse a la altura de una revolución. La sublevación de las masas debe conducir al derrumbe de la dominación de una clase y al establecimiento de la dominación de otra. Solamente así tendremos una revolución consumada. La sublevación de las masas no es una empresa aislada que se puede provocar a capricho, sino que representa un elemento objetivamente condicionado en el desarrollo de la revolución, la cual es un proceso objetivamente condicionado en el desarrollo de la sociedad. Pero esto no quiere decir que una vez existentes las condiciones objetivas de la sublevación se deba esperar pasivamente, con la boca abierta; en los acontecimientos humanos también hay, como dice Shakespeare, flujos y reflujos que tomados en la creciente conducen al éxito: “There is a tide in the affairs of men which taken at the flood, leads on to fortune”. Para barrer el régimen que se sobrevive, la clase avanzada debe comprender que ha sonado su hora y proponerse la tarea de la conquista del poder. Aquí se abre el campo de la acción revolucionaria consciente, donde la previsión y el cálculo se unen a la voluntad y a la bravura. Dicho de otra manera: aquí se abre el campo de la acción del partido.

El partido revolucionario es la condensación de lo más selecto de la clase avanzada. Sin un partido capaz de orientarse en las circunstancias, de apreciar la marcha y el ritmo de los acontecimientos y de conquistar a tiempo la confianza de las masas, la victoria de la revolución proletaria es imposible. Tal es la relación de los factores objetivos y de los factores subjetivos de la revolución y de la insurrección. Como muy bien sabéis, en las discusiones, los adversarios – en particular en la teología – tienen la costumbre de desacreditar frecuentemente la verdad científica elevándola al absurdo. Esto se llama, aun en lógica, reductio ad absurdum. Nosotros vamos a tratar de seguir la vía opuesta, es decir, que tomaremos como punto de partida un absurdo a fin de aproximarnos con mayor seguridad a la verdad. Realmente no tenemos derecho a lamentarnos por falta de absurdos. Tomemos uno de los más frescos y más gruesos. El escritor italiano Malaparte, algo así como un teórico fascista – también existe este producto -, ha publicado recientemente un libro sobre la técnica del golpe de Estado. El autor consagra un número no despreciable de páginas de su “investigación” a la insurrección de octubre. A diferencia de la “estrategia” de Lenin, que permanece unida a las relaciones sociales y políticas de la Rusia de 1918, “la táctica de Trotsky no está – según los términos de Malaparte – unida por nada a las condiciones generales del país”. ¡Tal es la idea principal de la obra! Malaparte obliga a Lenin y a Trotsky en las páginas de su libro a entablar numerosos diálogos en los cuales los interlocutores dan prueba de tan poca profundidad de espíritu como la naturaleza puso a disposición de Malaparte. A las objeciones de Lenin sobre las premisas sociales y políticas de la insurrección, Malaparte atribuye a Trotsky la respuesta literal siguiente: “Vuestra estrategia exige demasiadas condiciones favorables, y la insurrección no tiene necesidad de nada: se basta por sí misma”. ¿Entendéis bien?”; “la insurrección no tiene necesidad de nada”. Tal es precisamente, queridos oyentes, el absurdo que debe servirnos para aproximarnos a la verdad. El autor repite con mucha persistencia que en octubre no fue la estrategia de Lenin, sino la táctica de Trotsky lo que triunfó. Esta táctica amenaza, según sus propios términos, todavía ahora, la tranquilidad de los Estados europeos. “La estrategia de Lenin – cito textualmente – no constituye ningún peligro inmediato para los gobiernos de Europa. La táctica de Trotsky constituye un peligro actual y, por tanto, permanente”. Más concretamente: “Poned a Poincaré en lugar de Kerensky, y el golpe de Estado bolchevique de octubre de 1917 se hubiera llevado a cabo de igual manera”. Resulta difícil creer que semejante libro sea traducido a diversos idiomas y acogido seriamente. En vano trataríamos de profundizar por qué, en general, la estrategia de Lenin, dependiendo de las condiciones históricas, es necesaria, si la “táctica de Trotsky” permite resolver el mismo problema en todas las situaciones. ¿Y por qué las revoluciones victoriosas son tan raras, si para el triunfo basta con un par de recetas técnicas?

El diálogo entre Lenin y Trotsky presentado por el escritor fascista es, en el espíritu como en la forma, una invención inapta desde el principio al fin. Invenciones por el estilo circulan muchas por el mundo. Por ejemplo, acaba de editarse en Madrid, bajo mi firma, un libro: Vida de Lenin, del cual soy tan responsable como de las recetas tácticas de Malaparte. El semanario de Madrid Estampa publicó de este pretendido libro de Trotsky sobre Lenin capítulos enteros que contienen ultrajes abominables contra la memoria del hombre que yo estimaba y que estimo incomparablemente más que a cualquier otro entre mis contemporáneos. Pero abandonemos a los falsarios a su suerte. El viejo Guillermo Liebknecht, el padre del combatiente y héroe inmortal, Karl Liebknecht[1], acostumbraba a decir: “El político revolucionario debiera estar provisto de una gruesa piel”. El doctor Stockmann, más expresivo aún, recomendaba a todo el que se propusiera ir al encuentro de la opinión pública no ponerse los pantalones nuevos. Tengamos, pues, en cuenta estos dos buenos consejos y pasemos, acto seguido, al orden del día.

¿Cuáles son las preguntas que la Revolución de Octubre sugiere a todo hombre reflexivo? Primera, ¿por qué y cómo esta revolución ha sido coronada por el éxito? O, más concretamente, ¿por qué la revolución proletaria ha triunfado en uno de los países más atrasados de Europa?; segunda, ¿qué es lo que ha traído la Revolución de Octubre?, y, por último, tercera, ¿se ha realizado lo que se esperaba de ella?

A la primera pregunta – sobre las causas – se puede ya contestar de una forma más o menos completa. Yo he tratado de hacerlo lo más explícitamente posible, en mi Historia de la Revolución. Aquí, no puedo hacer otra cosa que formular las conclusiones más importantes. El hecho de que el proletariado haya llegado al poder por primera vez en un país tan atrasado como la antigua Rusia zarista, sólo a primera vista parece misterioso; en realidad resulta de una rigurosa lógica. Se podía prever y se previó. Es más: bajo la perspectiva de este hecho, los revolucionarios marxistas edificaron su estrategia mucho antes de desarrollarse los acontecimientos decisivos. La explicación primera y más general: Rusia es un país atrasado; pero, así y todo, Rusia no es más que una parte de la economía mundial, un elemento del sistema capitalista mundial. En este sentido, Lenin ha resuelto el enigma de la revolución rusa con la siguiente fórmula lapidaria: la cadena se ha roto por su eslabón más débil. Una ilustración clara: la gran guerra, salida de las contradicciones del imperialismo mundial, arrastró en su torbellino países que se hallaban en diferentes etapas de desarrollo, pero a todos los cuales impuso las mismas exigencias. Claro está que las cargas de la guerra debían ser particularmente insoportables para los países más atrasados. Rusia fue la que primero se vio obligada a ceder terreno. Pero para desentenderse de la guerra el pueblo tenía que abatir las clases dirigentes. Así fue cómo la cadena de la guerra se rompió por su eslabón más débil. Pero la guerra no es una catástrofe que viene del exterior, como, por ejemplo, un terremoto, sino que – para hablar con el viejo Clausewitz[2] - es la continuación de la política con otros medios. Durante la guerra, las tendencias principales del sistema imperialista de tiempos de “paz” no hicieron sino exteriorizarse más ásperamente. Cuanto más elevadas sean las fuerzas productivas generales. Cuanto más agudos se manifiesten los antagonismos; cuando más desenfrenado se desarrolle el curso de los armamentos, tanto más penosa resulta la situación para los participantes más débiles. Precisamente ésta es la causa por la cual los países más atrasados ocupan el primer lugar en la serie de derrumbes. La cadena del capitalismo tiende siempre a romperse por los eslabones más débiles. Si a causa de ciertas circunstancias extraordinarias, o extraordinariamente desfavorables – por ejemplo, una intervención militar victoriosa del exterior, debida a faltas irreparables del propio Gobierno soviético -, se restableciere el capitalismo ruso sobre el inmenso territorio soviético, su inevitable insuficiencia histórica le haría muy pronto caer de nuevo, víctima de las mismas contradicciones que le condujeron en 1917 a la explosión. Ninguna receta táctica hubiera podido dar vida a la Revolución de Octubre de no llevarla Rusia en sus propias entrañas.

El partido revolucionario no puede asignarse otra función que la del comadrón que se ve obligado a recurrir a una operación cesárea. Se me podría objetar: vuestras consideraciones generales pueden ser suficientes para explicar por qué razón la vieja Rusia (este país donde el capitalismo atrasado, junto a una clase campesina miserable, estaba coronado por una nobleza parasitaria y, de remate, por una monarquía putrefacta), tenía que naufragar. Pero en la imagen de la cadena y del más débil eslabón falta todavía la llave del enigma: ¿cómo en un país atrasado podía triunfar la revolución socialista? Porque la historia conoce muchos ejemplos de decadencia de países y de culturas que, tras el hundimiento simultáneo de las viejas clases, no han podido hallar ninguna forma de resurgir progresivo. El hundimiento de la vieja Rusia hubiera debido, al parecer, transformar el país en una colonia capitalista y no en un Estado socialista. Esta objeción es muy interesante y nos lleva directamente al corazón del problema. Y sin embargo esta objeción es viciosa; yo diría desprovista de proporción interna. De un lado, proviene de una concepción exagerada en lo que concierne al retraso de Rusia; de otra parte de una falsa concepción teórica en lo que respecta al fenómeno del retraso en general.

Los seres vivos – naturalmente, el hombre entre ellos – atraviesan, con relación a la edad, estadios de desarrollo semejantes. En un niño normal de cinco años se encuentra cierta correspondencia entre el peso, la talla y los órganos internos. Pero esto ya no ocurre con la conciencia humana. En oposición con la anatomía y la fisiología, la psicología, tanto la del individuo como la de la colectividad, se distingue por una extraordinaria capacidad de asimilación, flexibilidad y elasticidad: en esto mismo reside también la ventaja aristocrática del hombre sobre su pariente zoológico más próximo de la especie de los monos. La conciencia susceptible de asimilar confiere – como condición necesaria del progreso histórico – a los “organismos” llamados sociales, a diferencia de los organismos reales, es decir, biológicos, una extraordinaria variabilidad de la estructura interna. En el desarrollo de las naciones y de los Estados, de los capitalistas en particular, no existe ni similitud ni uniformidad. Diferentes grados de cultura, hasta los polos opuestos, se aproximan y se combinan, con mucha frecuencia, en la vida de un país. No olvidemos, queridos oyentes, que el retraso histórico es una noción relativa. Si existen países atrasados y avanzados, hay también una acción recíproca entre ellos; hay la presión de los países avanzados sobre los retardatarios; hay la necesidad para los países atrasados de alcanzar a los países progresivos, de adquirirles la técnica, la ciencia etc. Así surgió un tipo combinado de desarrollo: los rasgos más retrasados se acoplan a la última palabra de la técnica y el pensamiento mundiales. En fin, los países históricamente atrasados se ven a veces obligados a sobrepasar a los demás. La elasticidad de la conciencia colectiva da la posibilidad de lograr, en ciertas condiciones, sobre la arena social, el resultado que en psicología individual se llama “la compensación”. En este sentido, se puede afirmar que la Revolución de Octubre fue para los pueblos de Rusia un medio heroico de superar su propia inferioridad económica y cultural.

Pero pasemos sobre estas generalizaciones histórico-políticas, que quizá sean un tanto abstractas, para plantear la misma cuestión bajo una forma concreta, es decir, a través de los hechos económicos vivos. El retraso de la Rusia del siglo XX se expresa más claramente de la siguiente manera: la industria ocupa en el país un lugar mínimo, en comparación al campesino. El conjunto de esto significa una baja productividad del trabajo nacional. Bastaría decir que en vísperas de la guerra, cuando la Rusia zarista había alcanzado la cumbre de su prosperidad, la renta nacional era de ocho a diez veces inferior a la de los Estados Unidos. Esto expresa numéricamente la “amplitud” del retraso, si es que nos podemos servir de la palabra amplitud en lo que concierne al retraso. Al mismo tiempo la ley del desarrollo combinado se expresa, a cada paso, en el dominio económico, tanto en los fenómenos simples como en los complejos. Casi sin rutas nacionales Rusia se vio obligada a construir vías férreas. Sin haber pasado por el artesanado y la manufactura europeas, Rusia saltó directamente a la producción mecanizada. Saltar las etapas intermedias, tal es el camino de los países atrasados. En tanto que la economía campesina permanecía frecuentemente al nivel del siglo XVII, la industria de Rusia, si no en la capacidad por lo menos en su tipo, se hallaba al nivel de los países avanzados y hasta sobrepasaba a éstos en muchos aspectos. Basta consignar que las empresas gigantes con más de mil obreros ocupaban en los Estados Unidos menos del 18% de la totalidad de los obreros industriales, en tanto que en Rusia la proporción era de 41%. Este hecho concuerda bastante mal con la concepción trivial del retraso económico de Rusia. Y sin embargo, ello no contradice el retraso general, sino que lo completa dialécticamente. La estructura de clase del país entrañaba también el mismo carácter contradictorio. El capital financiero de Europa industrializa la economía rusa a un ritmo acelerado. La burguesía industrial pronto adquiere el carácter de gran capitalismo, enemigo del pueblo. Además, los accionistas extranjeros viven fuera del país. Por el contrario, los obreros son auténticamente rusos. Una burguesía rusa numéricamente débil, que no tenía ninguna raíz nacional, se encontraba de esta forma opuesta a un proletariado relativamente fuerte, con recias y profundas raíces en el pueblo. Al carácter revolucionario del proletariado contribuyó el hecho de que Rusia, precisamente como país atrasado, fue obligada a acoplar un conservadorismo social y político propio. Como la nación más conservadora de Europa y aun del mundo entero, el más viejo país capitalista, Inglaterra, me da la razón. Muy bien podría ser considerada Rusia como el país desprovisto de conservadorismo. El proletariado ruso, joven, lozano, resuelto, no constituye, con todo, más que una ínfima minoría de la nación. Las reservas de su potencia revolucionaria se encontraban fuera de su propio seno: en la clase campesina, que vivía en una semiservidumbre, y en las nacionalidades oprimidas.

La cuestión agraria constituía la base de la revolución. La antigua servidumbre, que entrañaba la autocracia, resultaba doblemente insoportable en las condiciones de la nueva explotación capitalista. La comunidad agraria estaba constituida por unos 140 millones de deciatinas. A treinta mil grandes propietarios terratenientes, poseedores cada uno, por término medio, de más de 2.000 deciatinas, les correspondían en total 70 millones de deciatinas, es decir, tanto como a diez millones de familias campesinas, o sea, cincuenta millones de seres. Esta estadística de la tierra constituía un programa acabado de insurrección campesina. Un noble, Boborkin, escribía en 1917 al chambelán Rodzianko, presidente de la última Duma del Estado: “Yo soy un propietario terrateniente y no se me ocurre pensar, ni por un momento, que tenga que perder mi tierra, y menos por un fin increíble: para hacer una experiencia socialista”. Sin embargo, las revoluciones siempre tienen por objeto la misma tarea: realizar lo que no penetra en la cabeza de las clases dominantes.

En el otoño de 1917 casi todo el país era un vasto campo de levantamientos campesinos. De 621 distritos de la vieja Rusia, 482, es decir, el 77% estaban influidos por el movimiento. El resplandor del incendio de la aldea iluminaba la palestra de la sublevación en las ciudades. ¡Pero – me podréis objetar – la guerra campesina contra los propietarios terratenientes es uno de los elementos clásicos de la revolución burguesa y no de la revolución proletaria! Yo respondo: completamente justo; así sucedió en el pasado. Pero es que, precisamente, la impotencia del capitalismo para vivir en un país atrasado se expresa en el hecho de que la sublevación campesina no impulsa hacia delante a las clases burguesas en Rusia, sino, por el contrario, las arroja al campo de la reacción. Al campesino, para no fracasar, no le quedaba otro camino que la alianza con el proletariado industrial. Esta ligazón revolucionaria de las dos clases oprimidas fue prevista genialmente por Lenin y preparada desde hacía mucho tiempo. Si la cuestión hubiese podido ser francamente resuelta por la burguesía, con toda seguridad que el proletariado no hubiera conquistado el poder en 1917. Habiendo llegado demasiado tarde, caída precozmente en decrepitud, la burguesía rusa, egoísta y cobarde, no tuvo la osadía de levantar la mano contra la propiedad feudal. Con esto la burguesía dejó el poder al proletariado y al mismo tiempo el derecho a disponer de la suerte de la sociedad burguesa. Para que el Estado soviético fuera una realidad, era de todo punto necesaria la acción combinada de estos dos factores de naturaleza histórica distinta: la guerra campesina, es decir, un movimiento que es característico de la aurora del desarrollo burgués, y la sublevación proletaria, que anuncia el crepúsculo de la sociedad burguesa. En esto reside el carácter combinado de la revolución rusa. Basta que el oso campesino se levante, afianzado sobre sus patas traseras, para dar a conocer lo terrible de su acometida. Sin embargo, el oso campesino carece de la capacidad para dar a su indignación una expresión conciente: tiene siempre necesidad de un conductor. Por primera vez en la historia del movimiento social, la clase campesina sublevada ha encontrado en la persona del proletariado un dirigente leal. Cuatro millones de obreros de la industria y de los transportes conducen a cien millones de campesinos. Tal fue la relación natural e inevitable entre el proletariado y la clase campesina en la revolución.

La segunda reserva revolucionaria del proletariado estaba constituida por las nacionalidades oprimidas, integradas, asimismo, por campesinos en su mayor parte. El carácter extensivo del desarrollo del Estado, que se ensancha como una mancha de aceite del centro moscovita hasta la periferia, va íntimamente ligado al retraso histórico del país. Al este somete a las poblaciones más atrasadas aun, para mejor ahogar con su apoyo a las nacionalidades más desarrolladas del oeste. A los setenta millones de grandes rusos que constituyen la masa principal de la población se vienen a agregar, así, noventa millones de “alógenos”. Así quedó constituido el Imperio, en la composición del cual la nación dominante sólo estaba integrada por un 43% de la población, en tanto que el otro 57% era una mezcla de nacionalidades, de culturas y de regímenes distintos. La opresión nacional era en Rusia incomparablemente más brutal que en los Estados vecinos, sobrepasando, a decir verdad, no solamente a los que estaban del otro lado de la frontera occidental, sino también de la oriental. Tal estado de cosas confería al problema nacional una enorme fuerza explosiva. La burguesía liberal rusa no quería, en la cuestión nacional ni en la cuestión agraria, ir más allá de ciertas atenuaciones del régimen de opresión y de violencia. Los gobiernos “demócratas” de Miliukov y de Kerensky, que eran la expresión de los intereses de la burguesía gran rusa, se dedicaron en el curso de los ocho meses de su existencia a enseñar a las nacionalidades oprimidas la siguiente lección: no obtendréis lo que deseáis hasta que no lo arranquéis por la fuerza. Hacía mucho que Lenin había ya tomado en consideración la inevitabilidad del desarrollo del movimiento nacional centrífugo. El partido bolchevique luchó obstinadamente durante años por el derecho de autodeterminación de las nacionalidades, es decir, por el derecho a la completa separación estatal. Fue precisamente a causa de esta valerosa posición en la cuestión nacional por lo que el proletariado ruso pudo ganar poco a poco la confianza de las poblaciones oprimidas. El movimiento de liberación nacional, así como el movimiento campesino, se tornaron forzosamente contra la democracia oficial, fortificaron al proletariado, y se lanzaron a la corriente de la insurrección de octubre.

Así se va poco a poco levantando ante nosotros el velo del enigma de la insurrección proletaria en un país históricamente atrasado. Mucho tiempo antes de sobrevenir los acontecimientos, los revolucionarios marxistas habían previsto la marcha de la revolución y la función histórica del joven proletariado ruso. Ruego se me permita dar aquí un extracto de mi propia obra a raíz de la revolución de 1905:

“En un país económicamente atrasado el proletariado puede llegar al poder antes que en un país capitalista adelantado... La revolución rusa crea... condiciones mediante las cuales el poder puede pasar (con la victoria de la revolución debe pasar) al proletariado antes que la política del liberalismo burgués tenga la posibilidad de desplegar su genio estadista... El destino de los intereses revolucionarios más elementales de los campesinos... está fuertemente ligado al destino de toda la revolución, es decir, al destino del proletariado. Una vez llegado al poder, el proletariado aparecerá ante los campesinos como el libertador de su clase. El proletariado entra en el gobierno como representante revolucionario de la nación, como conductor reconocido del pueblo en lucha contra el absolutismo y la barbarie de la servidumbre... El régimen proletario deberá desde el principio pronunciarse por la solución de la cuestión agraria, a la cual está ligada la suerte del avance popular de Rusia”.

Me he permitido traer esta cita para testimoniar que la teoría de la Revolución de Octubre presentada hoy por mí, no es una improvisación rápida, construida bajo la presión de los acontecimientos. No; por el contrario, fue emitida bajo forma de pronóstico político mucho tiempo antes de la revolución de octubre. Convendréis que la teoría, en general, no tiene más valor que en la medida en que ayuda a prever el curso del desarrollo y a influenciarle hacia sus objetivos. En esto mismo consiste, hablando en términos generales, la importancia inestimable del marxismo como arma de orientación social e histórica. Lamento que los estrechos límites de esta exposición no me permitan extender la cita precedente de una manera más amplia, y por ello tendré que conformarme con un corto resumen de todo lo que he escrito en 1905.

En relación con sus tareas inmediatas, la revolución rusa es una revolución burguesa. Sin embargo, la burguesía rusa es antirrevolucionaria. Por consiguiente, la victoria de la revolución sólo es posible como victoria del proletariado. El proletariado victorioso no se detendrá en el programa de la democracia burguesa, sino que pasará inmediatamente al programa del socialismo. La revolución rusa será la primera etapa de la revolución socialista mundial.

Tal era la teoría de la revolución permanente, formulada por mí en 1905 y más tarde expuesta a la crítica más acerba bajo el nombre de “trotskismo”. Pero, en realidad, esto no es más que una parte de esta teoría. La otra parte, particularmente de actualidad ahora, expresa:

Las fuerzas productivas actuales hace ya tiempo que han rebasado las barreras nacionales. La sociedad socialista es irrealizable en los límites nacionales. Por importantes que puedan ser los éxitos económicos de un Estado obrero aislado, el programa del “socialismo en uno solo país” es una utopía pequeño-burguesa. Sólo una federación europea, y después mundial, de Repúblicas socialistas, puede abrir el camino a una sociedad socialista armónica.

Hoy, después de la prueba de los acontecimientos, tengo menos razón que nunca para rectificar esta teoría.

Después de todo lo que queda dicho, ¿merece la pena seguir tomando en cuenta al escritor fascista Malaparte, que me atribuye una táctica independiente de la estrategia, resultante de ciertas recetas técnicas, aplicables en todo momento? Tales recetas propiciadas por el desdichado teórico del golpe de Estado, permite distinguirlo fácilmente del práctico victorioso del mismo. Y nadie correrá el riesgo de confundir a Malaparte con Bonaparte.

Sin la insurrección armada del 25 de octubre de 1917, el Estado soviético no existiría. Pero la insurrección no vino del cielo. Para el triunfo de la Revolución de Octubre eran necesarias una serie de premisas históricas: 1) La podredumbre de las viejas clases dominantes; de la nobleza, de la monarquía, de la burocracia. 2) La debilidad política de la burguesía, que no tenía ninguna raíz en las masas populares. 3) El carácter revolucionario de la cuestión agraria. 4) El carácter revolucionario del problema de las nacionalidades oprimidas. 5) El peso social del proletariado.

A estas premisas orgánicas hay que agregar ciertas condiciones de coyuntura de excepcional importancia: 6) La revolución de 1905 fue una gran lección; o según Lenin un “ensayo general” de la revolución de 1917. Los soviets, como forma de organización irreemplazable de frente único proletario en la revolución, fueron organizados por primera vez en 1905. 7) La guerra imperialista agudizó todas las contradicciones, arrancó a las masas atrasadas de su estado de inmovilidad, preparando el carácter grandioso de la catástrofe. Pero todas estas condiciones, que eran suficientes para que estallara la revolución, resultaban, sin embargo, insuficientes para asegurar la victoria del proletariado en la revolución. Para esta victoria todavía faltaba una octava condición: el Partido Bolchevique.

Si yo enumero esta condición en último lugar de la serie sólo es porque así corresponde a la secuencia lógica, y no, ni mucho menos, porque atribuya al partido el lugar menos importante. No; estoy muy lejos de tal pensamiento. La burguesía liberal puede tomar el poder, y lo ha tomado muchas veces, como resultado de luchas en las cuales no había participado: para ello posee órganos de aprehensión magníficamente desarrollados. Sin embargo, las masas laboriosas se encuentran en otra situación; se las ha acostumbrado a dar y no a tomar. Trabajan pacientemente, esperan, pierden la paciencia, se sublevan, combaten, mueren, dan la victoria a otros, son traicionadas, caen en el desaliento, se someten, vuelven a trabajar. Así es la historia de las masas populares bajo todos los regímenes. Para tomar con seguridad y firmeza el poder, el proletariado tiene necesidad de un partido superior a todos los demás en claridad de pensamiento y en decisión revolucionaria. El partido de los bolcheviques, que con frecuencia ha sido designado, y con razón, como el partido más revolucionario en la historia de la Humanidad, era la condensación viva de la nueva historia de Rusia, de todo lo que había en ella de dinámico.

Hacía mucho tiempo ya que la desaparición de la monarquía era considerada la condición indispensable para el desarrollo de la economía y de la cultura. Pero faltaban las fuerzas para dar cima a esta tarea; a la burguesía le horrorizaba la revolución. Los intelectuales intentaron conducir al campesino sobre sus hombros. Incapaz de generalizar sus propias penas y objetivos, el mujik dejó sin respuesta la exhortación de los intelectuales. La intelligentzia se armó de dinamita; toda una generación se consumió en esta lucha. El 1 de marzo de 1887, Alejandro Ulianof llevó a cabo el último de los grandes atentados terroristas. La tentativa contra Alejandro III fracasó. Ulianof y los demás participantes fueron ahorcados. El intento de sustituir la clase revolucionaria por una preparación química, había naufragado. Aun la inteligencia más heroica no es nada sin las masas. Bajo la impresión inmediata de estos hechos y de sus conclusiones creció y se formó el más joven de los hermanos Ulianof, Nicolás, el futuro Lenin; la figura más grandiosa de la historia rusa. Desde un principio, en su juventud, se colocó sobre el terreno del marxismo y enfocó su mirada hacia el proletariado. Sin perder un instante de vista a la aldea, se orientó hacia el campesino a través de los obreros. Habiendo heredado de sus precursores revolucionarios la resolución, la capacidad de sacrificio, la disposición de llegar hasta el fin, Lenin se convirtió en sus años de juventud en el educador de la nueva generación intelectual y de los obreros avanzados. En las huelgas y luchas callejeras, en las prisiones y en la deportación, los obreros adquirieron el temple necesario. El proyector del marxismo les será necesario para iluminar en la oscuridad de la autocracia su camino histórico.